COMENZAMOS LA SEMANA SANTA

Domingo de Ramos: los olivos de Jerusalén y los olivos de Getsemaní

olivos

La celebración del Domingo de Ramos, con la cual se abre la Semana Santa, muestra -en una apretada síntesis- lo que después, a partir del Jueves Santo hasta el Domingo de Pascua, la liturgia desplegará sucesivamente.  En el Domingo de Ramos hay dos signos muy elocuentes que cobran relieve: La procesión del Pueblo creyente y los ramos de olivo. Estos dos signos son los mismos que aparecen en la recepción que le dieron a Jesús la última vez que entró en la Ciudad de Jerusalén, antes de morir. La  liturgia intenta escenificar, con cierto realismo, los mismos acontecimientos y los mismos signos. Hacemos la procesión festiva que acompañó al Señor y tenemos también ramas de olivo que lo aclaman. Esto no es simplemente una «dramatización» litúrgica de los hechos, como si de pronto el recinto santo del templo se volviese un gran esce­nario en el que todos actuamos. La liturgia no es teatro. Aunque parezca una representación; no obstante, es mucho más que una simple «puesta en escena». No es un escenario sagrado. Es la gracia que celebramos para la vida. Los signos de la liturgia nos tienen que enseñar a leer la realidad de la vida. Esta Semana Santa puede ser que nosotros la vivamos o la represen­temos; que vayamos al templo o al teatro; que la escenifiquemos o que la existencialicemos. Depende de la actitud interior con la cual se asume.

En el Evangelio (Mateo 21,1-11) se presenta la procesión de Jesús y la del pueblo a Jerusalén en un clima muy festivo, cumpliendo una profecía del Antiguo Testamento (Zacarías 9,9). Jesús ingresa ontado en un burro. Los judíos podían entender bien el mensaje. Los que siempre ingresaban a la Ciudad montados en magníficos caballos eran los romanos, el poderío militar del Imperio nunca elegiría un burro para sus conquistas. Jesús no entra en un caballo, él no es un romano, su reino no es de poderío militar y político, su soberanía no es de este mundo. Él ingresa en un burro, que ni siquiera es suyo sino que lo toma prestado. Con este sencillo gesto profético quiere enseñarles que su mesianismo no es el que ellos están esperando. No es un mesianismo humano, ni terreno. No es ideológico, ni triunfalista. Podía haber ingresado una vez más, como lo hizo en otras ocasiones, a pie, peregri­nando. Sin embargo, en ésta su última entrada, prefirió hacerlo con un gesto profético. Él es el Mesías, sin embargo no representa el mesianismo con que lo espera su Pueblo.

En la liturgia del Domingo de Ramos se  anuncia, además, otra entrada de Jesús y sus discípulos, ya no festiva y gozosa sino dolorosa y oscura. Ésta es otra «procesión». La de los Ramos es comunitaria y victorio­sa, todo el Pueblo la hizo aclamando alegremente a Jesús. La procesión de los otros Olivos, la del Huerto, es sombría y solitaria para Jesús y sus discípulos.

Éste es el otro ingreso por el que Dios puede entrar en nuestra vida real. Tanto el sendero de paz y de gozo, de fiesta serena y de algarabía de los olivos de su entrada en Jerusalén, como los pasos de miedo y de zozobra, de angustia y de sufrimiento de los olivos de su entrada en Getsemaní. La procesión litúrgica muestra estos dos caminos en los cuales nos podemos encontrar con Dios: El gozo y el dolor. Nuestros olivos son tanto los olivos de Jerusalén como los olivos de Getsemaní, los olivos de la gloria y los olivos del sufrimiento. La Pascua nos enseña cómo los dos caminos convergen en Jesús. Los dos caminos más importantes por donde Dios puede pasar y entrar en nuestra vida. Algunos se identifican más con el olivo de Jerusalén, otros se configurarán más con el olivo de Getsemaní. Dios puede entrar por un lado o por el otro en nuestra vida. Jesús ingresará de una manera distinta para con cada uno. En este presente, Jesús ingresa para algunos por el camino tapizado por los olivos de Jerusalén y para otros entra por el sendero que se abre paso por los olivos de Getsemaní.

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