Pandemia, signo de los tiempos

                                                                     

Eduardo Casas

La pandemia del Covid 19, para aquellos que desde la fe intentamos una lectura de la realidad, nos desafía a encontrar un verdadero “signo de los tiempos”, un indicador histórico-socio-cultural susceptible de ser discernido por la fe como una epifanía de Dios mediada en las circunstancias (dolorosas o gozosas) que a la humanidad entera le toca transitar.

El siglo XXI, comenzaba como un nuevo siglo y un nuevo milenio de promesas. En el transcurso de estas dos primeras décadas no han faltado acontecimientos significativos. Se puede traer a la memoria, simplemente algunos de los más importantes:  el atentado a las torres gemelas (2001), el desciframiento del genoma humano (2001), la aparición del síndrome respiratorio agudo severo (comúnmente abreviado SRAS o SARS) que se expandió por el mundo (2003); el atentado terrorista de los trenes de Madrid (2004); la ejecución de Saddam Hussein (2006); la extracción de las células madres (2007); la pandemia de la gripe porcina o gripe A (2009-2010); el terremoto de Chile (2010) y de Haiti (2010); el exitoso rescate de mineros en Chile (2010); el terremoto y el tsunami de Japón (2011); el asesinato de Bin Laden (2011); el comienzo de la Guerra Civil de Siria que aún no ha terminado (2011); el invento de las noticias falsas (“fake news”) en las redes sociales (2012); la renuncia del Papa Benedicto XVI (2013); la elección del  Papa Francisco como primer Pontífice latinoamericano (2013); los atentados terroristas de Paris (2015); el inesperado triunfo de Donald Trump en los Estados Unidos (2016); el terremoto de  México (2017); la muerte del científico Stephen Hawking (2018); el incendio de la Catedral de Notre Dame (2019) y la pandemia del covid de 2020; entre muchos, muchos otros acontecimientos.

Ciertamente la lista es más larga. Algunos de los eventos, casi que ya los habíamos olvidado debido al frenesí vertiginoso en el cual nos acostumbramos a vivir. El siglo XXI nos ha presentado una serie de desafíos que han producido un cambio de época en una época de cambios. Todos los paradigmas que intervienen en la construcción socio-cultural del mundo cambiaron.

Hay muchos signos concurrentes que atraviesan todos los ámbitos de la sociedad global y que resultan muy preocupantes: la violencia en sus múltiples forma generando inequidad,  desigualdad, injusticia, exclusión y discriminación; las diversas formas de dependencias, adicciones y esclavitudes;  la pobreza estructural de países enteros y el estado de  vulnerabilidad de las mujeres, los migrantes y los refugiados, entre otros. 

La consecuencia de todo este panorama es un mundo resquebrajado, en estado crítico y enfermo, deshumanizado y vaciado de sentido existencial y de sentido trascendente. La secularización y el individualismo cada vez más extremos han producido que el ser humano construya su propia trampa en una infranqueable soledad y aislamiento. Un mundo globalmente conectado tecnológicamente en un mundo humano aislado individualmente.

Hoy, en razón de la pandemia, el mundo drásticamente se ha desacelerado, suspendido y paralizado. Ha quedado, en su suficiencia, totalmente desconcertado. Esta actitud nos tiene que hacer recapacitar y aprender.

La extrema vulnerabilidad humana y social de una muerte masiva nos tiene que hacer volver a lo esencial del factor humano para religarnos con aquello que da sentido y posibilidad de salida de esta situación. Es necesario una verdadera conversión social transformativa de la conciencia y de los comportamientos colectivos para volver a reconectarnos con lo más real y lo más profundo de nuestra humanidad, de nuestra sensibilidad y de nuestra conciencia ética. Buscar esencialmente aquellos que realmente nos define como humanos y como sociedad. Es un tiempo de discernimiento, de definiciones y de opciones.

El aislamiento ha sido un gran retiro de introspección mundial y ha hecho emerger lo mejor de nuestro espíritu solidario y también las sombras de actitudes subyacentes que han aparecido. Nos hemos damos cuenta que la comunicación con el exterior inmediato que nos permite la tecnología ha sido necesaria para los vínculos, el trabajo, el estudio, la información y la educación; sin embargo, también advertimos que no es la totalidad del mundo afectivo que nutritivamente nos alimenta emocional y espiritualmente.

La pandemia nos ha confrontado con una humanidad quebrada, develando estilos de vida fracturados, individualistas, con rutinas instauradas, incomunicados de verdad, aunque disponibles tecnológicamente en línea permanente.

El confinamiento cruelmente nos ha sacado muchas máscaras, dejándonos socialmente desnudos y a la intemperie. Ya hace mucho que vivíamos aislados de  incomunicación real, clausurados en la anestesia de nuestro propio individualismo, siendo extraños, aunque conviviendo y trabajando juntos, creyéndonos libres y, sin embargo, maniatados por un sin fin de adicciones socialmente permitidas o no.

Cuando todo pase, tendremos el reto de re-inventarnos una vez más buscando ser mejor y más humanos. Somos una única familia humana. Debemos fomentar la solidaridad, incluso entre las culturas y naciones. Las fronteras cerradas tienen que promover una conciencia colectiva abierta.

Esta es ciertamente una oportunidad histórica para que los gobiernos piensen más allá de sus propias fronteras y puedan diseñar un nuevo sistema económico mundial en función del ser humano y, sobre todo, en servicio  a los más vulnerables y necesitados, ya que -en general- son siempre los más afectados y desprotegidos y las crisis económicas los golpean con mayor severidad. Ciertamente si la pandemia es peligrosa, la paralización de toda actividad es también preocupante y grave, sobre todo para la población desempleada, o la que tiene un trabajo informal, o aquella que sus actividades han quedado paralizadas.

La propuesta bíblica de una economía de comunión[1] y no de una ecomonía de consumo es la salida más humanitaria. Pensar en modelos económicos humanizados es principalmente una responsabilidad de quienes lideran los gobiernos de los diversos países junto al aporte de aquellos profesionales técnicos que, con sentido ético, piensen la adminsitración de los bienes y de los servicios en un mundo herido en su sustentabildiad económica. Esta situación de crisis ecomómica derivada de la pandemia, en breve, nos afectará dramáticamente a todos.

La dolorosa instancia actual nos pone frente al espejo de nosotros mismos en busca de un sentido de vida y de una resurrección colectiva posible, como la que cuenta -en el Antiguo Testamento- el profeta Ezequiel, en su visión de los huesos secos regenerados por el hálito del Espíritu.[2]

Tenemos una oportunidad histórica para salir de esta situación mucho mejores, más crecidos, más maduros y más experimentados; aunque también es posible que, desmemoriados de todo aquello que nos ha acontece, una vez más, lamentablemente, no asimilemos, ni aprendamos.

Esta situación globalmente pone a prueba nuestro nivel de conciencia y de compromiso. Hay que advertir los signos de alerta y cambiar a tiempo. Para los creyentes, el Evangelio sigue siendo la mejor oferta de sentido que es posible hacer a la humanidad y a la historia. La mejor oferta de humanidad y de humanización. El cristianismo es un humanismo dialogal, no cerrado, ni clausurado, ni fundamentalista. Es un humanismo integral que abarca todo lo humano e integrado en todo humano y en la posibilidad de todas sus diversas culturas.

Debemos desear y decidir crecer en humanidad para que el mundo ya no sea igual que hasta ahora y sigamos aprendiendo, no solo a sobrevivir y a vivir, sino a crecer, a evolucionar, a ser más sabios y más humanos. Que asumamos la promesa de nuevos frutos para no dejar de renacer y llegando al límite en el que algo termina, abramos el umbral desde el cual todo tiene la posibilidad de volver a resurgir.

Debemos tomar conciencia que estamos en un un momento, aunque intenso y dramático, igualmente histórico, inédito, único, e irrepetible. Muchos nos sentimos sobrevivientes de un naufragio colectivo. Somos bendecidos por el solo hecho de estar vivos y nos tenemos el deber de aprender de aquello que vivimos,  sufrimos o perdimos.

Es preciso que valoremos lo frágil de estar vivos. En estos tiempos de sufrimiento común,  la humanidad necesita del consuelo de la esperanza, de la recreación del sueño colectivo y de la acción transformadora y comprometida de todos. Busquemos siempre aquello que nos hace más humanos.

Tampoco debemos ser ingenuos pensando que, por el solo hecho de haber pasado una cuarentena, mágicamente nos convertiremos en una sociedad más evolucionada. Los procesos de transformación -en la conciencia y en el comportamiento social de la humanidad- requieren de mucho tiempo. No siempre hemos aprendido de la historia, a pesar de que otras generaciones ya han vivido experiencias semejantes. Es cierto que toda experiencia histórica resulta inédita; sin embargo, la humanidad ya ha pasado por sufrimientos extremos y no siempre, las nuevas generaciones, hemos aprendido, ya que solo se aprende aquello que hemos sufrido como propio.

Tenemos la ocasión de aprender del sufrimiento colectivo vivido. Ojalá estemos a la altura del momento hsitórico que estamos protagonizando. No hay que soñar ingenuamente con utopías, sino trabajar para que el cambio sea posible. No hay que esperarlo. Hay que accionarlo. Hay que hacerlo. Hay que protagonizarlo. Es preciso trabajar para que los cambios posibles se realicen. No hay que esperar pasivamente, sino generar las condiciones para que se den los cambios y ejecutarlos en acción. Los sueños no se realizan por haber sido soñados y anhelados sino, primero, por haber sido vividos. Al menos vivido por alguien que luego inspira a otros. Los sueños colectivos se forjan. Se hacen en cadenas y en redes. Se construyen entre todos. Se cuidan.

Estamos ante un momento de inflexión en la autoconciencia de la humanidad, si nosotros decidimos que lo sea. La fuerza común nos mostrará el camino. Solo tenemos que encontrar el modo adecuado a estas circunstancias. Necesitamos una resurrección del cuerpo social para que resurga transfigurado habiendo aprendido que vale más lo que es de todos que aquello que es únicamente mío y que la vida siempre es un legado de Dios que hay que cuidar responsable, delicada, respetuosamente. Que toda esta experiencia social nos devuelva a nuestros habituales ámbitos de convivencia y de trabajo, mejores,  más sabios y más compañeros.

 

[1] Cf. Hch 2,44-45.

[2] Cf. Ez 37,1-14.

 

 

 

 

  

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