De la Cuaresma a la cuarentena: Esperanza en tiempos de pandemia

fabiana takahashi en arequipa

Eduardo Casas

Capellán del ICS

El temor global que ha despertado la pandemia del virus covid 19 es un dato relevante en estos días que estamos transitando diversos paises afectados.

Inmediatamente en estos contextos de extrema vulnerabilidad social, si somos creyentes pensamos: ¿qué hemos hecho mal?; ¿esto es un castigo de Dios?; ¿tenemos la culpa de lo que sucede?

La respuesta de Jesús en el Evangelio de Juan cuando le realizan esta pregunta con motivo de un ciego de nacimiento es sorprendente porque rompe con la causalidad mal-castigo de la interpretación del Antiguo Testamento:  “nadie pecó. Esto sucede para que se manifieste la obra de Dios. Mientras es de día se trabaja, cuando llega la noche, no se trabaja. Mientras esté en el mundo, Yo soy la Luz del mundo”.[1]

No debemos realizar lecturas teológicas simplistas, con una mirada de fe reducida, que piensa en un Dios castigador y en un ser humano que, en relación a Él, solo tiene con conciencia de pecado y de culpa. Durante muchos siglos la Iglesia enfatizó el pecado, la culpa y el castigo. No estamos en tiempos de fomentar la conciencia moral culpógena, sino que es hora de asumir la conciencia ciudadana responsable y la actitud de solidaridad pública.

Ciertamente poco podemos ver acerca de la proyección de esta situación mundial y todos tenemos la zozobra de un cierto temor, no obstante, Jesús nos vuelve a decir: “mientres esté en el mundo, Yo soy la luz del mundo” (9,5). Esta afirmación del Señor devuelve la paz y la esperanza. La cuarentena social que estamos realizando ha dado un profundo sentido comunitario a nuestra Cuaresma. De hecho, la palabra  cuarentena y cuaresma tienen la misma raíz etimológica.

Hablamos en este tiempo litúrgico de la imagen del desierto como una metáfora espiritual y ahora comprobamos que las ciudades del mundo y los lugares de concurrencia masiva se han vaciado y desertificado. El verdadero desierto es el desierto humano.

En este año, tenemos la posibilidad de una de las cuaresmas más reales y literales de nuestra vida. No es la cuaresma que nosotros habíamos imaginado, sino la cuaresma que Dios quiere.

En un breve tiempo de semanas y de días, el mundo entero se ha visto afectado y ha dado un cambio drástico. Incluso se ha dado una modificación de prioridades personales y familiares. Hasta hace poco algunos pensaban a dónde iban a ir a pasear en Semana Santa o cómo iban a descansar en esos días y hoy, la prioridad pasa por la salud de los seres queridos, la preocupación por los adultos mayores de cada familia y cómo pasar el tiempo con los más pequeños, etc.

Una movilización social profunda genera una nueva percepción de la realidad y un re-acomodamiento de los sentidos existenciales y de las valoraciones personales y sociales, sobre todo se da un fuerte rescate de los vínculos más primordiales y significativos.

En el humor social se encuentra un variado abanico de reacciones: temor, saturacción de información de todo tipo (algunas útiles y otras no; algunas verdaderas y otras falsas; algunas alarmistas y otras realistas); entre los ciudadanos hay algunos que se comportan como turistas; otros son acaparadores conpulsivos de mercadería para al autoabastecimiento y otros son inconscientes sociales e insolidarios. 

También están los otros, los que hacen aquello que deben hacer como ciudadanos y como profesionales, sobre todo si son profesiones esenciales de riesgo, a los cuales debemos estar profundamente agradecidos por cuidarnos y por exponer sus propias vidas, sobre todo los médicos, los enfermeros, los agentes de salud, los cientificos y otros muchos.  

La humanidad no es la primera vez que pasa por condiciones de pandemias. Los avances tecno-científicos de nuestro tiempo ayudan mucho. Sin embargo, la novedad del agente de origen nos ha tomado desprevenidos, hasta comenzar a advertirlo en sus consecuencias. Además de la falta de vacuna especifica, hasta ahora.

Los diversos países han actuado homogéneamente y la conciencia de ser una sola humanidad nos posibilita ser más fuertes. Lo importante es aprender para el después. Cuando esto pase, con el precio de las vidas humanas cobradas, no podemos ser los mismos que antes. Nos debemos un real crecimiento social. Frente al virus, no ha habido paises del primer mundo o del tercer mundo. Todos estamos igualmente expuestos. Esta batalla de la humanidad no es contra “alguien”. Todos los países debemos ser mutuamente solidarios y una de las maneras es preservarse. El autoencierro es una oportunidad para intensificar los  lazos familiares, compartir tiempo con quienes convivimos y de encontrarnos con nosotros mismos.

Siempre protestamos del tiempo que no tenemos y nos duele la falta de conexión interior con nosotros mismos. Aquí tambièn la cuarentena asume el rostro de la cuaresma. El aislamiento es la posibilidad de una soledad habitada por la propia interioridad. Hay que conectarnos con la señal interior. La contemplación, la oración, la lectura también son maneras profundas de encontrarse con Dios, con uno mismo, con los demás y con la propia familia.  

En estos días hemos redescubierto que una de las armas más grandes que tenemos frente al contagio es el aislamiento, que no significa ruptura social, sino respeto sagrado, preservación y cuidado responsable del don de la vida y de la salud, tanto propia como ajena. Debemos ejercitarnos en el tremendo poder que supone el quedarnos quietos, lo cual no deja de ser algo eficaz y absolutamentr sencillo. La vida cotidiana y laboral que tan velozmente sestaban disaparadas en una vorágine imposible de detener, van empezando a recordarnos cuál es el sentido y el ritmo humano de las actividades. El imperio de los hechos lo va imponiendo.

Sin embargo, no todo es negativo y dramático. El aprendizaje que podemos sacar de esta situación depende de todos nosotros. Cobrar conciencia y obrar en consecuencia es lo primero. El respeto por la vida, no es solo por la vida no nacida, sino de toda vida y de  todas las vidas, es siempre fundamental. No vale más una vida que otra. No vale menos una vida que otra. Toda vida es un regalo, una bendición, casi un milagro.

Si de todo esto salimos, como sociedad, más humanos y más humanizados, habremos humildemente aprendido un poquito más.

Entre los muchos mensajes de las redes sociales que  han llegado en estos días, hay uno que rescato por la sencillez y profundidad de su mensaje humano:

"Y así un día se llenó el mundo con la nefasta promesa de un apocalipsis viral y, de pronto, las fronteras que se defendieron con guerras, se quebraron con unas gotitas de saliva. Hubo equidad en el contagio, que se repartía igual para ricos y pobres. Las potencias que se sentían infalibles vieron cómo se puede caer ante un beso y ante un abrazo.

Y nos dimos cuenta de lo que era y lo de lo que es importante, y entonces una enfermera se volvió más indispensable que un futbolista, y un hospital se hizo más urgente que un misil. Se apagaron luces en estadios, se detuvieron los conciertos, los rodajes de las películas, las misas y los encuentros masivos y entonces en el mundo hubo tiempo para la reflexión a solas, y para esperar en casa, para reunirse frente a mesas, mecedoras y hamacas y contar cuentos que estuvieron a punto de ser olvidados.

Tres gotitas en el aire, nos han puesto a cuidar ancianos, a valorar la ciencia por encima de la economía. Nos ha dicho que, no solo los indigentes traen pestes, que nuestra pirámide de valores estaba invertida, que la vida siempre es lo primero y que las otras cosas son accesorias.

Descubrimos que no todo lugar es un lugar seguro y que en el corazón  caben todos y empezamos a desearle el bien al vecino, ya que necesitamos que se mantenga seguro. Necesitamos que no se enferme, que viva mucho, que sea feliz.

Junto a una paranoia de desinfectante nos dimos cuenta que, si yo tengo agua y el de más allá no, mi vida está en riesgo.

Volvimos a ser aldea, y cuando la solidaridad se tiñe de miedo,  a riesgo de perdernos en el aislamiento, existe una sola alternativa: ser mejores juntos.

Si todo sale bien, todo cambiará para siempre. Las miradas serán nuestro saludo y reservaremos el beso solo para quien ya tenga nuestro corazón. Cuando todos los mapas se tiñan de rojo, las fronteras no serán necesarias y el tránsito de quienes vienen a dar esperanzas será bien recibido, bajo cualquier idioma y debajo de cualquier color de piel. Dejará de importar si no entendía tu forma de vida, si tu fe no era la mía, bastará que te animes a extender tu mano incluso cuando nadie más lo quiera hacer.

Puede ser, solo es una posibilidad, que este virus nos haga más humanos y de un diluvio atroz surja un pacto nuevo, con una nueva  rama de olivo desde donde empezará la verdadera convivencia".[2]

 

Ojalá muchas transformaciones sociales (podríamos decir muchas “conversiones sociales” porque debemos modificar sobre todo hábitos y conductas) puedan darse. En una Argentina con 40% de la población sumida en la pobreza, la emergencia sanitaria, alimentaria, educativa y social se recrudece aún más y castiga a los más indefensos.

No sirve el falso consuelo de pensar que, en otras partes del mundo están igual o peor. Las consecuencias, no solo sanitarias, sino además políticas, económicas, financieras, sociales, etc., ya impactan directamente a todos. La industria de medicamentos, el turismo, el deporte y el espectáculo ya acusan recibo, al igual que las cadenas de producción de distintos artículos. El mundo puede entrar en un progresivo receso global. Esto nos obligará a todos a repensar los distintos sistemas públicos y privados de salud, de transporte, de recolección de residuos, de educación, de seguridad, de mutuales, de bancos y entidades financieras, de recreación, de servicios esenciales, etc.  Estamos frente al desafío de  tener formas creativas y nuevas presencias de acompalamiento y contención. Incluso en los servicios religiosos, espirituales, litúrgicos y pastorales. Los templos pueden estar cerrados, aunque la Iglesia, la comunidad de creyentes que no tiene fronteras, siempre está abierta, con una creciente conciencia de universalidad (de catolicidad). Las cadenas de oraciones que recorren el mundo entero refuerzan la convicción acerca del poder de la intercesión común.

Hay una lectura que se lee en este tiempo de cuaresma, en la misa diaria[3], donde el profeta Daniel,  exiliado en Babilonia (la actual ciudad de Badgad en Irák), como creyente junto a su pueblo, ya no tiene nada de su seguridad cultural, social e incluso religiosa. No tiene autoridades politicas, ni religiosas, ni templo, ni Ley, ni sacedotes, ni liturgia, ni culto, ni sacrificios. No tiene nada frente a Dios. Solo les queda el corazón arrepentido. En esa absoluta intemperie y en ese vasto desierto interior y exterior, queda lo más importante que un ser humano puede ofrecer a Dios: ofrecerse a sí mismo.

“Señor, nos vemos empequeñecidos frente a los demás pueblos. Estamos humillados. Ahora no tenemos príncipes, ni jefes, ni profetas; ni holocaustos, ni sacrificios, ni ofrendsa, ni incienso; ni un lugar donde ofrecerte las primicias y alcanzar misericordia. Por eso, acepta nuestro corazón arrenpentido y nuestro espíritu humilde. Que ese sea hoy nuestro sacrificio y que sea perfecto en tu presencia, porque los que en Ti confían no quedan defraudados. Te seguiremos de todo corazón. Te respetamos y deseamos encontrarte. No nos dejes defraudados. Trátanos según tu abundante misericordia. Sálvanos y da gloria a tu Nombre” (Dn 3, 37-41).

Incluso aunque nos quedemos sin ninguna mediación religiosa, siempre tenemos la posibilidad de nuestro corazón, el verdadero templo y el verdadero altar donde se adora “en espíritu y en verdad” (Jn 4,23). Nosotros mismos debemos ser “un culto agradable a Dios” (Rm 12,1).

Ciertamente en este tiempo de cuaresma y de confinamiento social debemos preguntarnos ¿qué nos dice Dios con todo esto? Tal es el interrogante primero de todo discernimiento. La sabiduría de la fe siempre nos guía por medio del Espíritu y de la Palabra de Dios.

Pidamos al Señor que podamos comprender que, en el bien común, estamos todos y que comprendamos que la distancia social no es individualismo sino cuidado solidario. No se nos pide ser héroes, sino ciudadanos responsables. Cambiar el miedo por la conciencia, la indiferencia por el cuidado, el temor por la esperanza.

En tiempos de pandemia y epidemia siempre existieron creyentes comprometidos y también santos. En la pandemia del siglo XIV, san Roque cuidó enfermos, hasta llegar a ser contagiado. En la epidemia del año 1867 que azotó a la ciudad de Córdoba, el Santo Cura Brochero asistió, ya enfermo de lepra, a los enfermos de cólera. El Papa Francisco ha ido a rezar, en estos días, frente al crucifijo de la Iglesia de San Marcelo que, en el año 1522 salió por las calles de Roma bendiciendo a los habitantes al haber finalizado la gran peste.[4] Que el Manto de la Santísima Virgen cubra al mundo, protegiéndonos ya que su pie victoriosamente pisó todo mal. Amén.

Preguntas para el discernimiento

  • ¿Cuál es la actitud social de responsabilidad que asumo en este tiempo de pandemia?; ¿en qué la manifiesto?
  • ¿Cómo recreo el aislamiento personal y familiar para que no sea un mero encierro individualista?
  • ¿Qué puedo hacer para ayudar a concientizar a otros en este momento de solidaridad comunitaria?

[1] cf. Jn 9,3-5.

[2] Mensaje de  Edna Rueda Abrahams (circulación por redes sociales). Sabado 14 de marzo de 2020.

[3] cf. primera lectura de la misa del martes de la III semana de cuaresma: Dn 3,25.34-43.

[4] cf. Religion Digital. El Papa reza ante el crufifijo de la Gran peste por el fin de la pandemia. https://www.religiondigital.org/vaticano/papa-crucifijo-Gran-Peste-pandemia-iglesia-FRancisco-Roma_0_2213478655.html consultado 15.03.2020.

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